domingo, 1 de noviembre de 2020

ESTABA DE salida.

 

Tomó su abrigo y la cartera.

La alcahueta de su hermana le pidió la dirección de donde estaría las próximas 5 horas.

Sonó el teléfono de la mesita de centro, era Palomino:

-...¿Imelda? 

- ¿Si?... ¡ Ya voy para allá!

-...oye, ya no podré ir, mi... esposa está aquí, ¿nos, nos vemos el viernes?...

¿O qué día?

-...¡No!, tú me dices, 

me, me avisas...

Le dijo Imelda, triste con tintes de enojo.


Enseguida miró hacia el techo de su apartamento, peló los ojos en grande para aguantarse las lágrimas, pero no aguantó más y se tiró del balcón del edificio.

Al parecer su hermana no hizo bien su trabajo.

Al parecer Amanda, la novia de Palomino, no se tomó el latte que le envió la hermana de Imelda, Altagracia.

De chicas, ambas jugaban en el patio de donde vivían, eran grandes amigas de la infancia; de cuando compartían el helado de fresa, de cuando se mojaban con globos con agua, de cuando Palomino, un día salió a la calle con esos shorts celestes tan cortos, que le contorneaban los muslos y le definían bien las nalgas.

Imelda se abstenía a salir a jugar y sólo lo miraba por la ventana, y en las noches se dedicaba exclusivamente a soñarlo en su cama, sin nada, con la almohada en la erección penetrante, casi líquida; le gustaban las cursis canciones que transmitían en la radio porque imaginaba que se las cantaba a él, que él, era su público que la ovacionaba mientras salía del escenario, el cual era el sillón rojo de la sala.

-¡911, alguna emergencia?

-¡Mi hermana!

  ¡Es mi hermana!

¡Cayó del quinto piso!

¡Yo, la maté!...

Altagracia no pudo más y se echó a llorar.

El latte era de vainilla con pedacitos de almendras y canela para ocultar el sabor a cianuro; Amanda ya sospechaba porque Altagracia no tenía ni para las galletas ni el café en su entierro, vamos, no tenía ni en que caerse muerta: ¿Cómo rayos le iba a mandar café a domicilio?

A parte, porque Amanda una noche haciendo el amor con Palomino, este a punto de venirse en la cara de ella, repitió tres veces el nombre de Imelda; Amanda, sólo se fue al baño a suspirar frente al espejo y enseguida a limpiarse.

Entre ellos la relación iba y venía, había veces en las que cuando salían juntos, Amanda se le quedaba viendo a otras parejas abrazadas o besándose, en modo demasiado cariñosas, mientras ellos sólo caminaban, pero Amanda enseguida miraba a Palomino y anhelaba que en ese momento sintiera el mensaje: ¿Podemos ser como ellos?.

Amanda no tenía muchas amigas conocidas o compañeras de trabajo, ella de cierta forma, era muy ensimismada y callada; con el tiempo y el progreso, se acostumbró a la amistad sencilla de Altagracia.


Altagracia no estuvo más que tres días metida en el juzgado del mp; porque a pesar de declarase ella misma culpable, durante el sondeo policial a los vecinos, el Chicles, el chismoso de la cuadra, salió diciendo que Imelda se cayó solita del balcón y que Altagracia sólo se asomó y se puso a chillar viendo a la pobrecita de su hermana ya muerta.

Total que no hubo a quién culpar, sólo fue un suicidio. 

Ese día Amanda  llegó más rápido de lo normal, miró el latte en la mesa y lo tiró al lavabo, ya Palomino salía, cuando Amanda le gritó por la ventana para que le ayudara a ir por el súper; como lo vio arreglado y perfumado, aprovechó para decirle; justo Palomino estaba a tres segundos de irse con Imelda a Villas del Paraíso, el hotel de la avenida 12.


¿Qué le quedaba a Altagracia después de este desastre?

Nada, más que quedarse con el apartamento, dos rentas vencidas y el recuerdo de su hermana muerta en la banqueta de su edificio.

¿Qué le quedaba a Amanda?

Reírse de todo, pero sin el amor de Palomino.

¿Y a Palomino?

Nada, sólo embriagarse cada viernes esperando a que llegue el viernes para irse con Imelda...





-Horacio Chirino












 


 

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