jueves, 11 de julio de 2019







Hay electricidad en el aire de París en los atardeceres de octubre, a la hora en que va cayendo la noche. Incluso cuando llueve.”









-PATRICK MODIANO

























































































lunes, 17 de junio de 2019









-  ¿Que si me importa que nos vean?
         No, sólo dame la mano, total, estamos vivos.



(Le dijo mientras los miraban una horda de solitarios hambrientos).






  -Horacio Chirino








viernes, 14 de junio de 2019

A veces hago un viaje





Ciego pie de tiniebla, vacilante,
avanza en el desierto de mi pecho.
Seguramente es el infierno.

Aquí dentro, convulso,
desbordando metales por mis ojos abiertos,
levantando mareas de veneno,
girando mariposas de cal y de ceniza;
frías caricias lentas estrellando mis huesos.

No sé si será el grito anudado al origen
que ha crecido gigante y le ha trascendido,
no sé si aquella niña en asombro que llevo
o una fotografía de lo que nunca he sido.

El ángel de la ausencia preside la agonía.

Tal vez sean los árboles que viven en mi sangre,
o colores inéditos,
o voces que no quieren apagarse conmigo.

Si hubiera luz, ascendería.

Mano de sombra danza por mi frente
más allá de la sed y del sueño.
Me protege un paisaje de pájaros inmóviles.
Si supiera tu nombre... ¡te llamaría silencio!

Cruzan desnudos ríos inconcretos,
pasos de arena fina, sal quebrada.
Me protege una cifra solitaria y geométrica
Si mirara tu rostro... ¡te llamaría distancia!

Seguramente esto es el infierno:
en muda dimensión desconocida
una sombra cayendo en pozo negro.

Si pudiera decir palabra limpia
de amor o de miseria, de olvido o de recuerdo.
Si pudiera sentir sobre mis párpados
mirada pura, voz indudable, firme transparencia,
sobre mi sien amarga...

¡Qué ala tendería!

Y pronunciar tu nombre impronunciable,
circundar tu inasible firmamento.
Imagen desolada del abismo,
sólo soy una forma sin espejo.



-Aurora Reyes
Muralista y pintora mexicana
(1908-1985)








lunes, 3 de junio de 2019









Eran las cuatro de la tarde, se disponía a comer, 
en el refrigerador sólo había helado.
No quiso pues pensó que eso era alimento para los deprimidos.

Se miró su reflejo en la cubierta 
de vidrio de la estufa verde oscura, 
se sentía cansado, demacrado, incluso viejo.

Eran las cuatro de la tarde de ese día cuando no había luz 
estaba nublado, acababa de llover;
la sonrisa de esa vez le daba fe de seguir levantándose, 
lo motivaba a seguir esculcando lo que sentía.
Era la visita de alguien de arriba, del cosmos; de los azules, 
del espacio, 
donde hay estrellas.
Alguien de un planeta, de los lejanos, en fin, 
de los no descubiertos. 

Las letras no le ganan para describir lo que vivió, 
sólo le alcanzan para llegar a abucheos;
escribe lo que puede o lo que le alcanza, por ejemplo 
algunos sinónimos antes de llegar a tristeza.
No tiene pares, bueno, ni hablar de apegos 
o de los que se presentan casuales, no mencionamos desamores.

No tiene sentires, nada más cuando es octubre y mira a sus alrededores 
y luego al cielo
para ver si de nuevo ocurre.

   -Maldito cielo de octubre,
malditas estrellas,
malditos atardeceres, pero más los anocheceres...
     -Esperemos cuando bajen las naves.

Se repite a sí mismo internamente y despacito; 
después se conformó 
y entonces se descubrió tomando una cuchara, 
y se recargó en la ventana comiendo helado.







-Horacio Chirino


















miércoles, 15 de mayo de 2019

CONTENIDO NETO







-¿Qué se escucha?
-Es mi corazón.
-Pensé que era una lavadora, así se escucha en mi casa sábado y domingo, 
es la vecina con su matraca: tra, tra tra tra, tra, tra...










                   5:46 pm.



Muy bien seré sincera:

Rezaba para que el semáforo se pusiera en rojo para alcanzarte.
Vi a lo lejos que fumabas un cigarrillo, 
a  mi me sudaban las manos y me jalaba el suéter, por, ya no digamos hablarte 
sino cruzar juntos la avenida: 
hombro con hombro, 
mano con mano, 
mochila con mochila.

Juro que cuando se puso en verde, fue el paseo de mi vida.
Ahora rezo para coincidir todos los días, 
porque ya coincidimos con la luna, es la misma, el mismo clima,
la misma generación donde no importa el futuro, total, estamos vivos, 
la misma era donde no está mal 
visto besarnos a la primera y llegar ebrios hasta las 10 del otro día. 
Seré directa: te espío, no soy psicópata, 
pero si loca por soltar todas estas ganas de ser contigo sincera .

(Alguien mirando el reloj esperando a su pretendiente desconocido).









                                             Borrachos cursis
(pero no de los que cantan canciones de amor en medio de una fiesta, sino los que dan por sentado que la vida te da valor y no sólo embriagarte hasta el otro día)




Se le acerca.

- ¿Quién eres?
- Nadie
- Oye, ¿dónde están todos? 
- Están bailando. Me gustas.
- ¿Qué?
- ¡Que me gustas!

(el sonrió y bajó la cabeza) -Oye, no sabes a qué hora son.

- Son las 2 y cuarto. No te quería decir nada hasta que estuvieras bien.
Te quiero pa´l diario, pa´l trabajo, pa la vida, pa´l amor, 
pa las tristezas, pa lo que sea.

(el otro incrédulo comenzó a reírse fuertemente). 

- Es enserio.
Quiero besarte, ¿puedo?
Quiero besarte y meter esta situación y otras más dentro de mi cabeza, 
como un armario lleno, pero no de cosas viejas o cuchitriles olvidados, 
sino de cosas bonitas, cosas de las que uno llora,
cosas para hacernos una bonita memoria.

- ¡Estás borracho! le dice indiferente y eructa discretamente.
- ¡Tú igual!, ¡estamos iguales! Hasta eructando te ves bien.

Se agacha y luego se ríe contestándole: -¡Mañana se te va a olvidar!

- No creo, estas a 3 segundos de saber que te amo, sino me crees toma el tiempo.
No quiero regresar solo a casa
quiero regresar con alguien: contigo.

(el otro se pasó un trago de saliva, apretando fuertemente la garganta). - No sabes lo que dices
en las mañanas me apesta la boca, soy enojón, se me cae el pelo, ronco...

- Puedo vivir con eso.

(contestó con certeza, como nunca antes, como nunca en su vida, modesta, sencilla;
contestó como cuando sus padres se separaron y a él le preguntaron: 
¿con quién quieres vivir?
Si te quedas con lo primero tendrás que ver entrar flechazos sin blancos, ganas de vivir, 
personas que quizás regresen
y amores platónicos.  
Y si eliges lo segundo verás como progresa el tiempo, 
decir palabras nuevas tanto pueda, 
voltear a ver las estrellas
y contemplar que bien escribe "te amo". 

Él contestó: no sé, pero de una cosa si estoy seguro, 
estoy vivo. Mejor me voy de casa.
Y eso que ya tenía conciencia de lo que hacia, 
y eso que ya tenía 12 años).


- No puede ser-, contestó el otro,   - sólo espero que con el tiempo no te arrepientas -.


Después se tomaron de la mano y bailaron juntos.



(ya borrachos no aplican las leyes de la pena, de la formalidad, 
de la prudencia, ni de nada; qué importa).





 
 
   
       -Horacio Chirino















miércoles, 1 de mayo de 2019

Melancolerías o un chismoso en una fiesta





Mientras Margarita ponía la sinfonola, las de a lado platicaban de lo que le pasó a Rafaelito. Todo olía a flores, las que le trajeron a la hija, porque el novio se quería lucir. La más chica de los de atrás tenía el corazón sangrando y le ardía el alma por un cabrón, supo que la engañó con alguien de la esquina, al parecer su mejor amiga (pinche cabrón). 
Cuando comenzó la música, la de las trenzas blancas se apretó las manos y le escondió la botella de chínguere al abuelo, que justo estaba acostado en la cama viendo por la ventana. Afuera en las sillitas de madera platicaban los hermanos, se atajaban del sol debajo de la escalera adornada con macetas, uno le explicaba al otro que ocupaba consejos de alguien porque ya los remedios no le funcionaban. El catrín alto y trajeado recargado en la pared se acomodaba el pantalón de la erupción volcánica que le ocasionó alguien, creo el meneo de Margarita. La madre preparaba camarones al diablo, ya quería terminar y salir fugazmente de la cocina; mientras tanto, en el patio, ya Margarita envuelta en el baile, cerraba los ojos y volteaba hacia el cosmos pensando en que sólo un tiempo más en esta vida y dejaremos de existir, bajó la cabeza y sólo espera a que cuando eso suceda continuemos viviendo en la mente de alguien. 
Tal vez sean cosas, ideas, que no tienen sustancia o utilidad, pero para ella era mucho. Yo la veo desde la ventana; sabe que estamos envejeciendo, que no nos hace falta nada, que algunos tienen los corazones llenos, otros dichosos,  y los demás ven la vida pasando con la cara al viento,  en fin, pero todos anduvimos en el camino. 
Suena la música,    
luego ella alza las manos al cielo y todos se levantan a bailar;  
después, finjen que en ese baile de los bailes 
todos somos importantes.






-Horacio Chirino










martes, 16 de abril de 2019

Las odiadoras










Nos reuníamos los martes de ocho a diez pm. En un lugar de Coyoacán. A veces vino, cerveza, a veces pizza, jamás ensalada. El propósito era claro: odiar a los hombres. No a la humanidad, la maldad, las empresas contaminantes, las mineras canadienses hijas de puta que han saqueado el país en los últimos años más que la mayor etapa de explotación de la Corona español, a Trump. No, a odiar a los hombres. Los ex novios, los actuales, los futuros, los hermanos, los padres, los maestros; a todos. A eso nos dedicábamos con fruición, alevosía y enjundia. Y éramos buenas. Si concentrábamos todo el odio podíamos eliminarlos de la faz de la tierra, creíamos. Rescatábamos historias donde los protagonistas eran ellos y las víctimas eran las mujeres, sujetas con alfileres al cuento de hadas: así debían ser las cosas: la inercia de las relaciones destructivas.
La líder era Bertha, la más atrevida, obvio. Ante ella, la hembra alfa de los documentales de animalitos, Ana y yo éramos unas zarigüeyas, tímidas y escurridizas, pero dispuesta de igual manera a lanzar las flechas con veneno.
El amor entre mujeres. Las relaciones más duraderas y constantes sin el estorbo de lo masculino, al menos así era como lo explicaba Bertha. Asentíamos por dos razones: porque estábamos de acuerdo y porque no solíamos contradecirla. La base de una amistad sólida consiste en aceptar los roles.
-¿Por qué terminaste con Arturo? -le preguntó Ana.
-Lo de siempre, querida, no saben qué hacer conmigo. Porque los hombres son/hacen/piensan (aquí consta como media hora de charla sobre los hombres, ese género barbudo y deficiente, una subespecie, vamos) estúpidos, controladores, cobardes, chantajistas, y bueno, mírame, se derriten y no saben qué hacer. Por eso corren, ¿ves? Son cachorritos asustados. Mi poder los intimida.
-Ahhh, ya -suspiró Ana, pensando en su amante nuevo, en si ya habría recibido su último mensaje o no, en qué estaría haciendo en este instante.
-Pues si ya sabes cómo son para qué vas -dije yo-. Quiero decir, te emocionas una semana, cogen rico, te enganchas y luego cuando esperas algo salen corriendo. ¿Por qué lo haces?
Debía ser el calor, seguramente. Bertha no solía escuchar la voz de regreso. Ella hablaba por horas mientras Ana y yo actuábamos como muñecos de peluche: suaves y sonrientes.
-¿Cómo que por qué? Pues linda, sabes bien por qué. Hay que seguir intentando. No tenemos otra opción.
-Sí, podrías volverte lesbiana. Sería más fácil. Si los hombres no te llenan, en todos los sentidos, ve con las mujeres.
-Ay, no. Son muy complejas.
-Uy, pues e que quieres todo. Los hombres nunca saben qué hacer, qué decir. Además, siempre sales con el mismo sujeto: gris, achicopalado, medio tristón… apegado su madre. Incapaz de hablar fuerte, coño, hasta de volumen carecen esos pobrecitos.
Bertha dio un trago a su vino. Quiso reírse, y Ana ayudó con una risita nerviosa. Ana dijo: -Bueno Karla, no es para tanto, a mí Arturo me caía bien, trataba muy bien a Bertha, era hasta amoroso.
No sé por qué imaginé que sería mi llamado a callarme. Tomé la botella de vino y cambié le tema.
Eso funcionó por un rato. Hablamos de personas de la uni, de cómo le estaba yendo a un par de profesores mediocres que se creían mucho. La risa nos salvó, de nuevo, de pensar en nosotras mismas.
Porque Bertha, tan segura ella, tan feliz ella, quería olvidar, o eso dijo, a uno de sus últimos novios. Se los buscaba como bolsos de mano: pequeños, mudos aunque feos y bastante simplones. Debía ser porque le gustaba ser más grande, más inteligente, más hermosa que ellos. La intimidación era su estrategia, su rabia sexual. Y debía serlo. Al menos le funcionaba. El cuerpo, esa máquina de poder, era su táctica. Ana, la otra amiga, la maestra de escuela, asentía. No solía discutir nada, como yo. Ana no había tenido novio nunca, solía llamarle ex a un tipo con el que se fue a vivir unos meses y que no volvió a ver nunca. Desde entonces sólo cogía por ahí, por allá. Pero quién soy yo para juzgar. Verlas a ellas es verme también a mí. Dos matrimonios, cinco empleos distintos entre sí y varios amantes en fila india. Opté por dejarlos de ver.
De pronto, Bertha mencionó a Arturo. Al parecer le había dado like a una de sus fotos. Se soltó a hablar mierda de él, de cómo los hombres se intimidan tanto con las mujeres poderosas, y más si están buenísimas como ella. Que era un cobarde, un bueno para nada, torpe, pero que lo único que ella extrañaba era coger con él.
-Pero eso es como hablar de un consolador con una persona pegado, ¿no? -se me salió antes de que pudiera controlarme. De ahí no pude parar: tus hombres son tus juguetes sexuales. Lo cual no tiene nada de malo, ¿pero has intentado salir con alguien que sea más como tú, más cercano a ti?
- ¿En serio tú conoces a un hombre brillante?
-Bueno, sí, uno que otro.
-Dime uno solo que sea brillante que no ande con alguna tarada poca cosa. Porque los hombres brillantes sólo usan a las mujeres como sus secretarias, ya deberías saberlo. Tú viviste con un artista.
Algo se rompió en ese momento. La alusión a mi matrimonio fallido, la alusión a la única persona de la cual no hablo nunca, fue el sacacorchos de la botella. Yo era el contenido de esa botella.
No recuerdo en sí toda la conversación. Recuerdo la furia, algunos argumentos, la cara de Ana, los brazos de Ana queriendo tocarnos, calmarnos. Los ojos de Ana, la voz de Ana llamándonos a la calma. El mesero que llegó a preguntar si todo estaba bien.
Muchas veces he querido estar en el lugar de la gente. Lo he intentado, cierro los ojos, imagino como hubiera sido si yo hubiera tenido un padre o una madre así pero no lo logro, me temo. Estar en los zapatos del otro sólo se me da si lo veo en una película, así contado como que no me salía.
Nunca el odio había sido dirigido hacia nosotras. Era como un pacto. El odio es en tercera persona. Pero las piedras habían sido arrojadas y levantadas. Las vi sin maquillaje. No sé bien si éramos feas o hermosas, gordas, celulíticas. Sólo éramos unas mujeres a mitad de algo: la crisis de edad, la madurez bruta, la confesión, la separación amorosa.
¿Podríamos vivir en crisis eterna? Es posible. ¿Perdonar, si fuera el caso, a los padres, a los ex? ¿Perdonarnos? ¿Eso es posible? ¿Perdonar que existimos y que deseamos cosas, personas?
Pensé en la generosidad de Roberto, el artista, su buen corazón, su ambición que siempre estuvo encima de todo y de nosotros mismos. De nuestro amor rebasado, de que detestaba a mis amigas (Bertha y Ana incluidas), de cómo se desesperaba por mi falta de ambición, de cómo me salí yo de ahí, de esa cúpula del amor, de esa burbuja, de esa cápsula espacial parecida a un supositorio. De cómo tuvimos todo el amor del mundo y nos faltó construir lo otro: la paciencia, la entrega, la voluntad de estar.
Y ella Bertha, ¿qué había tenido? Hombrecitos en serie, elegidos por el azar de su dedo índice, uno como modelo del otro: callados, sin personalidad, brutos, dispuestos a aceptar que una mujer decida todo por ellos. Comprendieron que el amor es entrega absoluta y los pobres llegaron como esclavos con manos extendidas: vacas al matadero del amor. Hombres que olvidaba uno al día siguiente, nada notables, sin argumentos; hombres antidiscursivos: no peleaban, cedían como animalitos complacientes. Como Ana. Es más, Ana sería un mejor novio que esos tarados buenos para nada, mequetrefes sin rumbo.
Es lo que recuerdo. Bertha se quedó pálida, pasmada, varios segundos y se fue diciendo que tenía que madrugar al día siguiente. Esa noche Ana y yo comimos solas. Y no hablamos del tema. Nos concentramos en los demás comensales, en hablar del clima, la belleza, el paisaje, la música de fondo, algún niño que corría por ahí.
En casa pensé en todo a la vez: Roberto y su paranoia antes de un concierto, Roberto creyendo que mi gripa era un sabotaje, que la vez que me perdí por borracha y lo hice salir a buscarme en la madrugada era un sabotaje. Todo era un sabotaje. Las tardes en la televisión, sin salir nunca, nunca de casa porque los demás, mis amigos, en especial eran seres muy inferiores a nosotros, aunque por nosotros quería decir él. Juzgaba a todos y nadie se libraba de sus dientes mordaces una vez que decida comerlos. Directo a la yugular. No sé cómo duramos tanto. Quizá yo era muy joven, me faltó comparar. Debí haber visto otros hombres en la tienda, pero luego pasa que no podemos ver nada más. Cuando menos lo pensé ya tenía la tarjeta de crédito en la mano y me llevé a ese hombre simpático, sin saber qué pasaría después. De eso se trata, supongo. No pensar en el después. Es una fiesta eterna el amor, donde no contamos las copas de vino y tampoco pensamos que estaremos muertos en la cama fría de la reseca, vomitando la euforia y la risa de la noche anterior.
Lo puedo ver ahora: el amor es el engaño más delicado, a nadie le advierten. Es más, todos celebran el amor, felicitan al amante.
Un complot para lo que vendría luego: el amor es la cobertura de chocolate. ¿Has visto esa cobertura que llega suave sobre el helado y luego se pone dura como costra? Se hace de aceite. Es grasa y azúcar cubriendo la frialdad del helado, más azúcar. Cuando subas 10 kilos sin saber por qué, nadie dirá que fue por el placer de la vida, el “mereces todo” y demás zalamerías. No sé si merecemos amor. El amor quema y deja cicatrices. Los quemados vemos con mayor claridad. Olemos el incendio en encendedores. Olemos el incendio en cigarros encendidos a metro de la nariz. Estamos malditos por eso. Los posibles amorosos también nos huelen.
Lo teníamos todo, pero no sabíamos qué significaba tener ni que era todo. No hasta muchos años después cuando, claro, hubiéramos dejado de tener y de serlo todo. Éramos buzos en el fondo de la piscina buscando un tiburón y sorprendiéndonos de no hallar nada, un agua turbia quizá, pero nada más. Lo teníamos todo.
El amor, esa identidad tan endiosada como una estampita religiosa en la cartera, la señal de la santa cruz que nos pone la madre en cuanto salimos de viaje. El amor, ese jardín de pocas, breves rosas rodeadas de espinas como soldados afuera de la casa de algún político paranoico. El amor, florero de cristal que guarda bichos al tercer día.
El amor lo justifica todo, dicen. Que lo debe todo, aseguran. Al que deberíamos estar rendidos desde el momento en que abrimos los ojos en este mundo hasta que el corazón se paraliza. Las personas hacen tantas cosas en su nombre que sería inútil decir qué funciona en el mundo de los seres humanos. En contraparte al amor no esta el odio como diría cualquier libro de texto sobre la naturaleza humana; la contraparte es la indiferencia, la estructura fría, antisentimental, el raciocinio en extremo, la cabeza por sobre los hombros. El odio, por otro lado, es un paisaje de tonos intensos. Sabe esperar, confía, analiza, y procura no ceder ante las primeras embestidas. Prepara, de manera meticulosa, su placer. Porque no hay odio sin el placer de odiar, eso me lo enseñaron mis mejores amigas, las odiadoras.
Decimos que queremos conocer a la gente, pero no, no es la verdad. No queremos salir de nosotros mismos. A Ana no la volvimos a ver, conoció a un chico en tinder y dejó de ir los martes con nosotras. La perdió el amor, y supo que el sueño de su vida era ése: estar con alguien, llegar a casa y ver a ese alguien. Bertha logró todos los ascensos en su carrera, era imparable y poderos, y siguió coleccionando muñequitos inflables que cambiaba cada tres meses. “Nadie está a mi altura” dice en las fiestas cuando hay mucha gente y la gente asiente intimidada por la belleza, la presencia, el cuerpo de Bertha; pero si estamos ella y yo solas, en la cocina, nos miramos y no decimos nada. Aprendí a respetar su debilidad. Ella aprendió a reconocer mi nuevo liderazgo salido de quién sabe dónde.
Me concentré en mi trabajo. No logré ningún ascenso, es más, conforme me volvía mayor ganaba menos, lo cual me parece paradójico. No tengo tiempo para los hombres que aparecen por mí (yo soy un espectro donde ellos fantasmean), o suelen estar fascinados o muy agradecidos, pero se van. Soy una estación de tren o de metro. Me acostumbro a despedirlos con dignidad y entereza. No volví a depender del deseo y eso me liberó de la prisión que es el cuerpo. No sé si gané o perdí. A estas alturas no tiene la menor importancia.
Bertha y yo somos ahora las hembras alfa y nos vemos en su casa o en la mía con las nuevas adeptas al clan, a veces hay adeptos, pero suelen ser homosexuales u hombres muy jóvenes aprendiendo el camino.
Hablamos de Ana como alguien muy lejano en la vida, o quizá siempre lo fue. Ana estaba destinada a una vida aburrida pero larga, destinada a lo que la mayoría considera un final feliz: el final del amor, los hijos, la vida doméstica. Ana, la más femenina de las tres, la más amorosa, la más incomprensible. Con su partida, Bertha se puso radical: ahora da charlas furiosas sobre la mejor manera para combatir el mundo “capitalista y patriarcal”, en que debemos sembrar todos juntos una huerta y vivir en casas compartidas. Yo la dejo creer en todo eso y hacemos planes, después de todo, el odio necesita leña para arder y yo me había cansado de soplar el mínimo fuego que quedaba.
No es fácil conocer a las personas. Deberíamos no hacerlo, pero una vez que lo hacemos intentemos llegar hasta donde haya asfalto. Algo quedará de ello. Las personas son una combinación de esquizofrenia y rabia, o creaturas queriendo soltar el llanto al primero que pase.
No es fácil, por otro lado, conocerse a uno mismo. Si llegamos a los 98 años de edad, lo cual dudo e incluso desconfío de ello, estaremos sorprendidas por nuestra propia naturaleza esquiva, voluble y agitada. Muñequitas rusas que adentro, en un lugar de otra muñeca más pequeña, concentran una yema amarilla, una yema hecha de odio y pus pero llena, contra todos los propósitos, de una esperanza rancia.           
    



 
-  Brenda Ríos
Autora de La sexta casa (Secretaría de Cultura- Instituto Sinaloense de Cultura, 2018)